viernes, 18 de octubre de 2013

Cada imagen cuenta una historia


Nube de gas formándose fuera de la atmósfera tras la desintegración
Algunos quizá recuerden el final de una famosa canción de hace muchos años que repetía insistentemente que cada imagen cuenta una historia. Siempre me siento impresionado y emocionado viendo fotos de naturaleza, ciencia y aviación, y las diferentes historias que cuentan algunas imágenes. Recientemente me di cuenta de que mi interpretación de las fotografías era incorrecta.

Nunca he sido un buen fotógrafo: no tengo el ojo artístico de Karen, que captura detalles de extraordinaria belleza con la misma tranquilidad y confianza con las que cose bonitos patrones a partir de materiales improvisados. Ni tengo los conocimientos técnicos de Fyodor, cuyos dedos, ahora en su cuarto viaje espacial, manejan las complejas cámaras profesionales con confianza, cambiando los parámetros casi sin mirar. Yo prefiero crear recuerdos – ligados a la emoción de avistar algo – antes que intentar mejorar una imagen a través de una lente. Hasta ahora no me había dado cuenta de que la historia más interesante está detrás de la cámara: la historia más intrigante es la menos conocida, la del fotógrafo. Os quiero contar la historia detrás de dos de mis fotos más recientes: la Aurora Boreal con las grandes ciudades, y el rastro de un misil justo unos minutos antes de un vuelo suborbital.

Luces de ciudad y aurora boreal

Luces de ciudad y auroras
Mike llegó a la estación hace sólo cuatro días y ya tiene una rutina personal que le crea una sensación de bienestar, permitiéndole contrarrestar el estrés de la vida a bordo, el cual es completamente diferente a cualquier experiencia que haya vivido hasta el momento, a pesar de su larga carrera en la Fuerza Aérea. Es sábado, y todavía es temprano, pero Mike ya lleva levantado unas horas y casi ha terminado su rutina diaria de ejercicio. Cuando entro en el Node3 le veo sonreír, y le respondo con otra sonrisa: estamos en órbita, ¡y cada día es el mejor día que jamás pudimos imaginar!

Me doy cuenta de que el módulo está bastante oscuro y aprovecho un pequeño descanso en la rutina de ejercicio de Mike para volar a la Cúpula. Las ventanas están cerradas pero fuera es de noche y no habría ninguna diferencia si estuvieran abiertas. En el monitor de un ordenador veo que vamos a cruzar la costa de Norte América y que nuestra ruta sigue la frontera entre Estados Unidos y Canadá. El terminador está cerca y decido abrir manualmente las ventanas: al igual que Pavel, nunca me cansaré de la indescriptible belleza de un amanecer orbital, y aunque ya he visto cientos, decido quedarme en la Cúpula, observando la constelación de luces humanas en la oscuridad que me recuerda la presencia del ser humano en el planeta de abajo.

Girando mi cuerpo hacia el norte, el brillo verde azulado de la Aurora Boreal hace que me pare en seco, literalmente, y decido que merece la pena compartir este espectáculo con un amigo. Llamo a Mike, que ha terminado de entrenar en el ARED y se está preparando para una sesión en nuestra cinta de correr, T2. Le pido que venga a la Cúpula y apague las luces tras de sí. Enciendo una linterna modificada con una lente roja para no perturbar nuestra visión nocturna y guío a Mike hacia la ventana del norte. Sus ojos tardan un momento en ajustarse a la repentina oscuridad. Después vislumbro su rostro sonriente cuando percibe esta fantástica vista, una sensación de asombro que puedo identificar muy bien porque nunca seré inmune a ella.

Siempre hay cámaras guardadas en la Cúpula y cojo una con una lente de 50mm con la que he tenido mayor éxito tomando fotos nocturnas. En la semi-oscuridad, ayudado sólo por la tenue luz que entra por las siete ventanas, intento programar torpemente la cámara para capturar al menos una pequeña muestra del show etéreo. Sólo una imagen me basta. El resto del espectáculo permanecerá en mi memoria mientras la tenga.

Una sorpresa inesperada

Lanzamiento de un misil visto desde el espacio
Una de las muchas tareas de un astronauta en la Estación Espacial Internacional es conocida por el acrónimo CEO o Crew Earth Observation. Un equipo de investigadores en tierra estudia las órbitas de la Estación y selecciona objetivos para fotografiar, indicando la hora del pase, las coordenadas, el tipo de foto que deberías proporcionar y toda la información que sea posible para encontrar el objetivo. Estos objetivos van desde ciudades fácilmente identificables hasta cráteres de impactos que son absolutamente indistinguibles de su entorno – todo a una distancia de aproximadamente 400km. Esta tarea es voluntaria, pero el desafío de encontrar los objetivos es un placer. Encontrar un objetivo particularmente difícil da una satisfacción que debe ser similar a la de un apasionado coleccionista adquiriendo la pieza que faltaba en su colección. Mi tripulación tiene una rutina diaria y la Expedición 36 ha excedido con creces todas las anteriores imágenes de objetivos fotografiadas y enviadas a la Tierra.

Estoy en la Cúpula otra vez preparando una cámara en una ventana que mira hacia el norte. La Estación está funcionando en horario de trabajo por lo que todas las luces están encendidas. Mi próximo objetivo CEO es la Aurora Boreal. Para evitar reflejos de las luces de la Estación, intento construir una carpa para oscurecer la zona de alrededor de la cámara. Ya he introducido todos los parámetros requeridos en la cámara, incluida la hora estimada de la aurora. Con un poco de suerte podría fotografiar la secuencia incluso sin estar físicamente presente detrás de la cámara: en ese momento estaré ocupado con otra actividad.

La puesta de sol se acerca con rapidez. La luz dorada y naranja que se refleja en los paneles solares atrae mi atención y no puedo apartar la vista hasta que mis ojos se concentran en una imagen que es extraña para la naturaleza: un humo que emerge recto y claro sobre el horizonte, acentuado por los últimos rayos de Sol. A la naturaleza no le gustan las líneas rectas, y esta inconsistencia ha guiado mi vista. Estoy viendo un lanzamiento de algo, no sé de qué y no sé dónde, pero definitivamente es un lanzamiento. No sé cuáles son las probabilidades de ver un lanzamiento de un objeto suborbital sin saber los detalles del lanzamiento con anterioridad, pero instintivamente diría que soy muy pequeñas: ¡es un caso extraordinario de estar en el lugar correcto en el momento correcto!

Karen y Mike están arriba en el Node3, y me atrevo a apartar la vista un momento para llamarlos. Ambos flotan hasta la Cúpula y compartimos el pequeño espacio para observar al objeto mientras sigue su camino a través de las capas altas de la atmósfera. Su rastro ahora está a la merced de los vientos estratosféricos que distorsionan su forma, transformándolo en una serie de segmentos que se retuercen, comenzando desde el suelo hasta alcanzar la negrura del vacío estelar. Cojo una de las cámaras esperando que la configuración automática baste para tomar buenas fotos, a pesar de que la luz del atardecer comienza a desaparecer. Sólo dejo de disparar cuando el Sol se ha ido por completo, pero no dejo de mirar. El objeto se desintegra ante nuestros ojos, y a cientos, o probablemente miles de kilómetros, vemos una nube transparente de gas blanco expandiéndose fantasmagóricamente en todas direcciones hasta que se aplana al llegar a la atmósfera. Nos preguntamos qué acabamos de presenciar, pero ni siquiera en el control de Houston lo pueden explicar.

Por la tarde descubrimos que fue un lanzamiento de prueba de un misil ruso intercontinental lanzado desde Kazajistán. Los tres nos sorprendemos por la increíble coincidencia que nos permitió observar un acontecimiento tan raro. No estamos seguros de qué pensar. Por mi parte, estoy contento de añadir otra preciosa pieza a la única verdadera colección que tengo, la única que merece la pena: mis recuerdos.

viernes, 11 de octubre de 2013

Cygnus


Esperando a Cygnus / Imagen: ESA/NASA
Fuera está oscuro, nos rodea una negrura impenetrable, así que probablemente estemos volando sobre un océano. Miro alrededor en la Cúpula y me doy cuenta de que de todas formas las luces que hay y la irreal penumbra azul del exterior ahogarían las débiles luces de las grandes ciudades. Cygnus está volando bajo nosotros, invisible en la oscuridad que nos rodea, pero aún así Karen y yo intentaremos vislumbrar a la nave: sé que el amanecer no está lejos, y llevo una semana esperando para ver a la nave de carga.

Puede que haya perdido los ojos de águila que desarrollé como piloto, cuando fui entrenado para reconocer una nave a kilómetros de distancia, pero la suerte no me ha abandonado. Cuando los primeros rayos de luz aparecen entre las sombras, coloreando el horizonte de dorado, ocre y azul, un brillo extraño atrae mi atención. Brillante y plateado, destacando sobre el fondo, Cygnus atrapa la luz y la refleja en su magnífico y tecnológico esplendor.

“Visto”, le digo a Karen, intentando contener mi entusiasmo, y señalo a la ventana central de la Cúpula. Karen asiente, confirmando tranquilamente mi avistamiento e informa a Houston por radio. Sé que hay docenas de personas esperando los acontecimientos con el mismo entusiasmo que siento yo.

Karen es hoy la responsable de todas las comunicaciones relacionadas con la pequeña nave de carga. La nave espacial se está aproximando rápidamente mientras la información registrada en nuestros monitores se confirma. Mi tarea durante la próxima hora será supervisar los sensores de posición de Cygnus y compararlos a la información que recibo con un láser portátil que calcula la distancia y velocidad de la nave. Soy recompensado con una serie de luces verdes – el software de control confirma que la información de mi láser coincide con la información de los sensores en Cygnus.

Herramienta láser / Imagen: ESA/NASA

La Cúpula no ofrece demasiado espacio, y ahora está todavía más abarrotada. Además de Karen y yo, están dos ordenadores para los procedimientos y para el software de control. También tenemos el panel de control de Cygnus que es el mismo que mi compañero Chris Cassidy utilizó para el acoplamiento de la HTV. Numerosas cámaras documentando esta primera misión de Cygnus y algunos tentempiés completan el módulo.

El funcionamiento de la nave es impecable. Cuando está a 230 metros, Karen ejecuta una prueba que la nave debe completar en su vuelo inaugural: envía una señal de retroceso y Cygnus reduce la velocidad, se para y retrocede a una distancia de 250 metros. Cuando Houston nos dice que Cygnus ha retomado su aproximación, Karen prepara una segunda prueba, otra vez a los 230 metros. Envía la orden de detenerse. La nave se para obedientemente y espera nuevas órdenes.

A esta distancia, la “cola” de la nave, el módulo de servicio con los ordenadores y motores, se muestra blanco. Sus “alas”, los dos paneles solares brillan como el cromo. Sus luces de navegación son claramente visibles, dos faros blancos en el centro y una luz roja y verde a cada lado: los colores de la bandera italiana flotando en el espacio. El módulo presurizado de Cygnus ha sido construido en Italia y sonrío ante el pensamiento de este homenaje involuntario a mi país.

En unos minutos todo está listo para la aproximación que traerá a Cygnus a treinta metros y después a diez metros. En ese momento la interfaz de la nave estará a sólo cinco metros del robótico Canadarm2. Mi trabajo consiste en salvar esa distancia y después atrapar a Cygnus. Me preparé durante largas sesiones de simulacros en la Tierra y repetí el entrenamiento en la Estación en docenas de situaciones virtuales, que iban desde los escenarios más simples hasta los escenarios más extremos.

Cygnus y Canadarm2 / Imagen: NASA

Nuestras vistas están ahora cubiertas por la nave, y podemos apreciar su tamaño. Es más pequeña que la HTV, pero no menos impresionante: cuando se estabiliza en la zona de captura, observo su movimiento lento y controlado gracias a la cámara situada en el extremo del brazo robótico – el mismo que me permitirá mover la nave manualmente hasta acoplarlo a la Estación.

Houston nos da el OK para comenzar la captura. Sigo a la nave mirando los monitores mientras intento encontrar el mejor momento para capturar a Cygnus: tengo que esperar hasta que esté especialmente estable. Comienzo mi aproximación en un estado de automatización debido a las sesiones de práctica durante mi entrenamiento. “Voy”, le digo a Karen, que responde inmediatamente “Recibido”. El brazo robótico reacciona a mis órdenes y en cuestión de segundos ya estamos a unos tres metros y medio de distancia. El diálogo que sigue entre Karen y yo me produce una sensación de déjà vu, ya que lo hemos practicado en muchas ocasiones durante la formación.

“Listo para vuelo libre”

“Recibido, listo para vuelo libre. Orden enviada. Orden recibida.”

Karen espera para ver las características del vuelo libre en su monitor, y después de unos segundos confirma: “Vuelo libre”.

“Recibido, vuelo libre. Dos metros.”

Canadarm2 / Imagen: ESA/NASA
Acerco el brazo robótico a un metro y medio después de empujarlo durante un rato hacia delante. Mis órdenes son mínimas, pasando más tiempo pensando que ejecutando: el Canadarm2 mide casi 20 metros de largo y los movimientos bruscos pueden causar oscilaciones no deseadas.

Karen me dice la distancia hasta mi objetivo basándose en las marcas que hay en el Canadarm: “A dos marcas de distancia.”

“Recibido.”

…”Una marca.”

“Estoy listo,” digo, porque mi objetivo está perfectamente alineado con la información de referencia en mi monitor.

“Coincido,” responde Karen, confirmando mis pensamientos y casi inmediatamente añade” “Sobre la marca.”

Después, casi al unísono, ambos decimos “en la cubierta” y presiono el gatillo que inicia la captura. Hacía menos de un minuto que comenzamos el procedimiento. Pero nuestras sonrisas forman un recuerdo que durará toda una vida.

En unas horas, Karen y yo ejecutamos las maniobras para posicionar a Cygnus y acoplarla al Node2. Después movemos la nave y la integramos a la Estación. Sigue habiendo mucho trabajo por hacer y el día es largo. Acordamos con el centro de control en tierra abrir la escotilla mañana. Dentro de la nave nos esperan provisiones y materiales de recambio, pero también está repleta de los sueños de aquellos que tomaron parte en esta aventura espacial y llena de afecto de nuestros amigos y familiares en tierra.

Karen y Luca tras la captura / Imagen: ESA/NASA

sábado, 5 de octubre de 2013

Concordia


Concordia / Imagen: Christophe Leroy-Dos Santos
La órbita de la Estación Espacial Internacional nos permite ver la mayor parte de la superficie terrestre, pero una línea inevitable impide la vista más allá del horizonte. Entre las zonas que nunca veremos desde nuestro privilegiado punto de vista están los polos de la Tierra. Nuestra vista roza los círculos polares, pero termina alrededor de los 70° de latitud, haciendo que esas regiones fascinantes, inexploradas e inhóspitas sean imposibles de ver.

Recientemente tuve la oportunidad de acercarme un poco más, aunque fuera virtualmente, a este mundo desconocido para la mayoría de la gente, a través de la experiencia de nueve personas extraordinarias: Anne-Marie, Antonio, Elio, Evangelos, Olivier, Helen, Albane, Luigi y Simonetta. Recibí una calurosa bienvenida en el Concordia, la base de investigación italo-francesa en la Antártida.

Foto de grupo del Concordia / Imagen: Yann Reinert
A través de una conexión por satélite, la ESA organizó un encuentro entre dos entornos en condiciones extremas: la Estación Espacial y la estación de la Antártida, distantes y aún así curiosamente parecidas. Mientras hablábamos de experimentos, investigación y tecnología, nos dimos cuenta de que a pesar de la distancia física, nuestras experiencias están unidas por la misma pasión, como una llama que supera los obstáculos y barreras, prendiendo fuego a nuestros espíritus, alimentando nuestros deseos, incinerando la fatiga y transformando nuestra experiencia.

Imagen: IPEV/PNRA-A. Litterio
Observo una por una las caras en la pequeña pantalla, son todos receptivos y amables exploradores de las fronteras del mundo, y los imagino relajándose al finalizar la jornada de trabajo, confortados por una buena cena compartida en la sala común: detrás de ellos veo estanterías llenas de libros, una mesa, platos, objetos comunes que se vuelven extraordinarios cuando pienso dónde están. Los saludo como si fuera uno de ellos, y la familiaridad del lenguaje de los exploradores me ayuda a relajarme y disfrutar de la conversación. Me olvido de dónde estoy mientras intento responder a sus preguntas y hacerles las mías a ellos. Estoy intrigado por la similitud de nuestras experiencias. Muchos de los experimentos fisiológicos que están realizando son parecidos a los que llevamos a cabo en la Estación Espacial. Ellos también sufren la separación de sus seres queridos durante muchos meses, y muchas de sus ingeniosas soluciones para vivir en aislamiento me recuerdan a las nuestras en la Estación Espacial Internacional.

Hablamos un buen rato y cuando el tiempo casi se ha acabado uno de ellos me pregunta si alguna vez he visto una aurora. Le digo que sí, y en particular vi una especialmente brillante y bonita hace apenas unas semanas: una coreografía fantasmagórica de esmeralda y turquesa, iridiscente y sinuosa, cambiante y perfecta. Noto entusiasmo y emoción en su voz cuando me responde que ellos también la vieron – y es extraño pensar que compartimos esta experiencia separados por miles de kilómetros.

La comunicación se pierde así que no me da tiempo a añadir un pensamiento que se me ocurre tras un momento de retraso: cada vez que miramos al cielo y admiramos las mismas estrellas, estamos compartiendo la misma experiencia con todos aquellos que todavía saben soñar. 


martes, 1 de octubre de 2013

Escenas de la vida en el espacio: 3ª parte


Retrasos
Lanzamiento de Cygnus / Imagen: NASA
El retraso de la nave de carga Cygnus nos recuerda que las compañías espaciales están a la vanguardia de la exploración tecnológica y no puedes permitirte pasar por alto ni el detalle más pequeño.

Cygnus también es la prueba de que la experiencia adquirida durante más de 40 años no se ha perdido: a pesar del problema con el software que retrasó la aproximación y captura del Cygnus, el cargamento y la tripulación de la Estación no estuvieron nunca en peligro. En los vuelos espaciales trabajamos bajo estrechos márgenes y cualquier error puede tener consecuencias catastróficas, por eso es reconfortante poder contar con los equipos de los centros de control en la Tierra que nos protegen y minimizan el riesgo, permitiéndonos trabajar en las mejores condiciones. El apoyo de estos hombres y mujeres es un privilegio inmenso, algo que, una vez más, no puedes dar por supuesto.

TMA-10M

Expedición 37 / Imagen: NASA

Son casi las 21:00 en la Estación, acabamos de pasar el terminador y fuera ya es de noche mientras volamos sobre Kazajistán. La mayoría de las luces a mi alrededor están apagadas, pero las ventanas de la Cúpula reflejan la luz azul de los monitores de la estación. Intento usar una cubierta de ventana del Space Shuttle – dejada hace años tras una misión del transbordador – para reducir el brillo, pero no creo que vea nada. A la hora del despegue, Baikonur estará aproximadamente 30° bajo el horizonte, a unos cuantos cientos de kilómetros de distancia. Me gustaría ver la salida de la Soyuz TMA-10M: dentro va la tripulación que compone la otra mitad de la Expedición 37, pero sobre todo van tres amigos que llenarán el vacío que dejaron los anteriores miembros de la tripulación Chris, Sasha y Pavel. Me imagino a la nueva tripulación abrochada en sus asientos, ocupados comprobando procedimientos, intoxicados por una emoción controlada. Conozco sus pensamientos, porque sólo hace unos meses - ¿hace una eternidad? – los mismos pensamientos pasaron por mi mente. Me imagino el lanzamiento a través de sus ojos, con el semblante serio, concentrados, con confianza, y puedo oír cada sonido que pasa por sus cascos.

No puedo ver nada y observo en mi reloj con decepción que la hora de la partida ya ha pasado: Karen, que estaba conmigo hasta ese momento, se va para realizar otras tareas. Yo decido quedarme un poco más, y miro las pocas luces humanas que todavía son visibles en el desierto de Kazakh. Una de las luces parece brillar más que las demás. Atrae mi atención y sé que estoy mirando a la Soyuz ascendiendo hacia el espacio. Llamo a Karen, pero no me puede oír y yo no puedo apartar la mirada. La luz, muy lejana, aumenta en intensidad y con una magnífica llamarada desaparece por un instante y vuelve a comenzar otra vez, menos intensa. Me doy cuenta de que probablemente acabo de presenciar la separación de la tercera etapa del cohete, aunque no puedo estar seguro.

La Estación Espacial continua su vuelo y la Soyuz desaparece detrás del horizonte, como si el magnífico espectáculo de hace unos instantes nunca hubiera sucedido. Pero los vi.

Llegada de la Expedición 37

La Expedición 37 se prepara para entrar a la ISS / Imagen: NASA
Fyodor abre la escotilla del módulo MRM2 y el mecanismo de cierre. Los sensores de la escotilla tienen el tranquilizador aspecto de un sólido equipo espacial y son claramente visibles. Esperamos a que la tripulación de la Soyuz gire la rueda del otro lado para abrir la escotilla y unirse a nosotros.

Cuando por fin Oleg gira la rueda, la apertura es sorprendentemente silenciosa. En contraste, nosotros somos ruidosos mientras nos reímos y damos la bienvenida con un caluroso abrazo a los recién llegados. El pequeño módulo está lleno con la tripulación de la Expedición 37. Nuestra alegría incontenible inunda el resto de la Estación.

El tiempo pasa increíblemente rápido aquí arriba, pero mi llegada de hace unos meses parece un recuerdo lejano, aunque muy intenso: mirando las expresiones en los rostros de mis amigos, veo la misma exuberante mezcla de emociones que me sobrecogió cuando llegué. Las mascarillas quirúrgicas que llevaban puestas para sorprendernos no pueden esconder la sonrisa en sus ojos.

Llamada a la nueva tripulación
Durante sus llamadas a las familias y amigos que siguieron los eventos desde tierra, puedo oír la emoción en sus voces – inmutable incluso a miles de millas de distancia. Recuerdo las primeras palabras de mi madre en el día de mi llegada: “Luca, soy mamá…” – como si no hubiera reconocido inmediatamente la voz más dulce de todas, un sonido que incluso el ruido de un motor espacial nunca podría esconder, una melodía que incluso el vacío del espacio nunca podría cambiar.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Salidas y llegadas



El sustantivo “estación”, al contrario que el verbo*, trae a la mente imágenes de movimiento: la ida y venida de viajeros, vehículos, bienes. En semanas recientes en la Estación Espacial Internacional, hemos tenido una demostración de las posibilidades que ofrece nuestra extraordinaria nave orbital, que lleva siendo mi hogar desde hace un poco más de tres meses.

HTV-4 / Imagen: NASA
La primera nave que partió fue Kounotori4, la Cigüeña Blanca (White Stork) japonesa que nos hizo compañía durante semanas, incrementando y enriqueciendo con su presencia el volumen del Node2. La nave de carga ha vuelto a la atmósfera terrestre, desintegrándose en una lluvia de plasma azul. Fui yo el que envió la orden que inició la maniobra de reentrada: seguí con mis ojos al vehículo de cargamento y vi el destello dorado del protector térmico delineado sobre el brillante azul de la Tierra, mientras se alejaba de la Estación Espacial. “Sólo es un robot”, me dije a mí mismo, “no hay necesidad de ponerse sentimental…” – pero estaba equivocado. Porque los corazones de todos los que habían participado en esa exitosa misión latieron un poco más rápido, y un poco de algo de lo que nos hace humanos acompañó a Kounotori4 en su último viaje.

La segunda partida fue la de los tres miembros de la tripulación de la Soyuz TMA-08M. Las similitudes que tiene con la partida desde la Tierra me parecen emocionantes. En días recientes observé a Chris según se iba acercando el día de su marcha. Hace casi un año observé como otro Chris (Chris Hadfield), al cual serví como astronauta de reserva, se preparaba para su lanzamiento. Ambos astronautas so npersonas tan extraordinarias que no hay nada que pueda perforar su armadura. Hace algunas noches aproveché un momento tranquilo después de un largo día de trabajo para preguntar a Chris sobre su retorno a la Tierra. “Creo que echaré de menos todo esto, pero estamos preparados… Sí, estamos preparados”, dijo. Después, en el mismo día de la partida, mientras Chris, Karen  y yo terminábamos nuestra última cena juntos en órbita, de repente Chris dijo, como continuando un pensamiento inacabado: “Lo más extraño es que entre todas las cosas que se me podrían ocurrir, el pensamiento que me viene ahora a la cabeza ahora mismo es que, el sábado, vosotros estaréis aquí limpiando, como siempre, mientras yo ya habré estado de vuelta en la Tierra unos cuantos días…”

Despedida de la Expedición 36 / Imagen: NASA
El torbellino de emociones parece llegar de repente y casi sin que me dé cuenta, llega la hora de cerrar la escotilla. Detrás de ella hay tres caras que me han acompañado en algunos de los momentos más extraordinarios de mi vida. Me refiero a todos y a ninguno en particular cuando digo adiós: “Estoy feliz porque vosotros estáis felices…”. Sus presencias, tan diferentes en personalidad y características, se resume perfectamente en sus tres resplandecientes sonrisas mientras se cierra la escotilla con una tranquila sensación de propósito, aislándolos dentro de un nave. Dentro de muy poco se pondrán sus trajes y se colocarán en sus posiciones y el ordenador de a bordo tomará vida bajo los hábiles dedos de Pavel y Sasha. Dentro de unas horas estarán en tierra.

Pensé largo y tendido sobre lo que quiso decir Chris cuando dijo eso. Conseguí la respuesta a través de mi mujer, cuando hablé con ella después de la partida. Con su percepción y sensibilidad, me explicó que él probablemente se estaba refiriendo al hecho de que durante los últimos seis meses, en un ambiente donde cada día presenta nuevos desafíos y nada es rutinario, la limpieza de los sábados era el único punto de referencia del paso del tiempo, de la normalidad. Y perder esa referencia, por muy modesta que sea, toma otra dimensión cuando todo está a punto de cambiar en cuestión de horas.

Lanzamiento de Cygnus / Imagen: NASA
Mientras tanto en la Estación continúa el trabajo, y yo encuentro consuelo en el inquebrantable paso del tiempo. Hay un dicho italiano que dice que por cada partida hay una llegada, y ya están en marcha las preparaciones para la llegada de una nueva nave de carga en su misión de prueba, Cygnus-D, el “Cisne”. Hace apenas unos días nos llegó la confirmación oficial de que seré yo el que ejecute la captura de la nave controlando el Canadarm: un nuevo desafío y otro entrenamiento para mí. Como en todas las misiones de prueba, se añade un nuevo componente a la ya extraordinaria naturaleza del trabajo, debido a la conciencia de que sigue siendo una fase experimental para esta nave. Siento una gratitud que aumenta exponencialmente hacia los que me han confiado esta tarea, porque ofrece una oportunidad única para el crecimiento profesional, no sólo para mí, sino también para las agencias espaciales a las que represento. Esta será la primera vez que un astronauta europeo esté a los mandos del Canadarm para capturar un vehículo en vuelo libre.

Por último, nos estamos preparando para la llegada de la otra mitad de la Expedición 37 – Oleg, Sergey y Mike. Todavía recuerdo la última vez que vi a Mike: yo estaba en el Centro Europeo de Astronautas en Colonia, Alemania, y acababa de finalizar mi último simulacro en el laboratorio espacial europeo, Columbus. Descendiendo por el largo corredor hacia la salida de camino al aeropuerto, recuerdo haber visto a Mike ocupado con su propio entrenamiento. Le saludé y me respondió con su amplia y amable sonrisa. Una vez estuve en Star City me di cuenta de que la próxima vez que lo vería sería en la Estación - ¡cinco meses después!

Me hubiera gustado organizar una bienvenida parecida a la que Chris me hizo a mí – cuando se afeitó la cabeza para parecerse a mí. Por desgracia, a pesar de mi permanencia en microgravedad, mi pelo se ha negado completamente a crecer. El desierto ha permanecido tan árido como la tierra quemada por el cegador Sol. Mike se tendrá que conformar con un abrazo fraternal y sincero.

*Se refiere a que station en inglés puede referirse también al verbo “estacionar”

jueves, 12 de septiembre de 2013

@Astro_Luca y los robots espaciales


Mientras me estoy preparando para un nuevo experimento en la Estación Espacial, no puedo evitar pensar, una vez más, en la película Star Wars. En una famosa escena Luke Skywalker está siendo entrenado para utilizar sus poderes con un pequeño y bonito droide. Mientras flota frente a él, el droide obliga a Luke a reaccionar con rapidez utilizando su espada láser para evitar ser alcanzado por el fuego de láser contrario.

La misma escena debe haber causado impresión en un profesor en el MIT en Boston, Estados Unidos, ya que pidió a sus estudiantes que desarrollaran ese mismo pequeño robot. Hoy voy a trabajar con uno de estos tres droides que tenemos en la Estación Espacial como parte de un experimento llamado SPHERES. El programa de prueba incluye una serie de experimentos en los cuales el droide rojo (al que sin forzar excesivamente mi imaginación he llamado Rojo) realizará una serie de maniobras alrededor del otro droide de color azul (¡a éste le he llamado Azul!). Rojo recibirá el plan de lucha a través de un smartphone que está conectado a su cerebro electrónico y mi trabajo es preparar el área de trabajo, enviar las órdenes a través de una interfaz en un ordenador y monitorear la ejecución de su plan de vuelo para intervenir si fuera necesario. La interfaz es intuitiva y vagamente familiar porque es similar a la que usé en K10, el pequeño rover explorador que es parte de otro experimento.

Los dos droides tienen el tamaño de un balón de fútbol y forma de poliedro que le hubiera gustado a Leonardo Da vinci. Necesitan dióxido de carbono a alta presión para sus pequeños motores con pequeñas boquillas localizadas de manera que se puedan mover en tres dimensiones. Su espacio operativo está limitado por cinco antenas que se comunican con los sensores del robot.

Un primer test sirve para comprobar los motores. El rítmico “click, click” provocado por la apertura y cierre de las válvulas se convertirá en un sonido familiar durante las próximas horas de prueba.

Coloco a los dos robots en el centro del área establecida para ello, intentando todo lo posible que se queden perfectamente quietos. Cuando doy la señal de “adelante” para comenzar el plan de lucha, Azul de mueve al centro de su espacio aéreo, mientras Rojo espera con una robótica e infinita paciencia hasta que su compañero está listo. Tan pronto como Azul se posiciona (es impresionante ver como el droide permanece completamente inmóvil en un ambiente donde todo está constantemente en movimiento), Rojo comienza a trabajar ejecutando el plan de vuelo. Rojo orbita alrededor de su compañero siguiendo una serie de puntos de navegación en un espacio tridimensional. Su trayectoria es visible a través de la interfaz y, en tiempo real, también veo las posiciones relativas de los dos droides: la cámara del smartphone me permite ver lo que ve Rojo mientras ejecuta su inspección. Rojo completa la maniobra perfectamente y el equipo de tierra que está siguiendo el experimento me da el OK para seguir adelante con el resto del experimento. Durante los siguientes 90 minutos, Rojo sigue unas trayectorias tridimensionales cada vez más complejas alrededor de su compañero y yo sólo intervengo esporádicamente cuando el plan de vuelo no es correctamente observado por los robots.

Pero Rojo y Azul no serán utilizados para entrenar a Luke (o a Luca, desafortunadamente). La idea de ser capaces de controlar robots en el espacio puede parecer simple (y lo es), pero cuando se trata de controlar a varios robots coordinadamente el problema aumenta exponencialmente. En el caso de hoy, Azul permaneció perfectamente inmóvil en el centro de su espacio asignado, por lo que la trayectoria de Rojo estaba libre de obstáculos. Pero si Azul hubiera fallado en sólo unos pocos milímetros, Rojo se habría estrellado contra las paredes de la Estación Espacial. No es un problema durante un experimento pero en un ambiente operacional ese riesgo es inaceptable.

Este tipo de experimentos son necesarios para entender cómo podemos utilizar robots en lugar de seres humanos para realizar tareas. Un robot que se pueda mover independientemente es altamente beneficioso para las exploraciones futuras, desde inspecciones de naves a análisis de atmósferas. La ventaja de usar un enjambre de pequeños robots es que ellos podrían trabajar juntos para reemplazar otro robot más grande. Es difícil poner en órbita objetos grandes y pesados, pero unos pequeños droides podrían ser transportados en un espacio sin utilizar y viajar a un coste muy bajo. También podría pensarse en lanzar las piezas de una nave junto con pequeños robots, ¡que montarían la nave independientemente!

Suena a ciencia ficción, pero hace un poco más de cien años también lo era volar. Puede parecer muy futurístico – pero el primer día del futuro es mañana.

lunes, 9 de septiembre de 2013

El miedo y otros demonios


Imagen: NASA
Una de las preguntas que me hacen más a menudo es: “¿Vosotros los astronautas tenéis miedo alguna vez?”. Es una pregunta que siempre me pilla por sorpresa y encuentro difícil responderla en pocas palabras.

La tentación de responder simplemente “no” es grande, todo el mundo daría un suspiro de alivio y seguirían pensando que hay hombres y mujeres fuera de lo común que trabajan sin miedo: astronautas. Pero los súper-humanos no existen, y es mejor así.

Mi humilde opinión es que sólo los tontos dicen que nunca tienen miedo, y mienten cuando lo dicen. El miedo es una serie de sensaciones, un mecanismo primordial que se ha desarrollado durante milenios de evolución para preservar nuestras vidas. Sería un desperdicio no utilizar esa herramienta. Pero como cualquier herramienta, puede ser usada correcta o incorrectamente: un bisturí, en las expertas manos de un cirujano puede salvar una vida, mientras el mismo bisturí puede ser letal si se utiliza sin habilidad y conocimiento.

De la misma manera, el miedo tiene un efecto fisiológico que puede ser usado para responder mejor en situaciones críticas. Nuestra frecuencia cardíaca aumenta, llevando más sangre a los músculos, preparándolos para reaccionar. La adrenalina liberada nos hace más fuertes y menos sensibles al dolor y la fatiga. El miedo es una forma de estrés que puede ser canalizada para llevar nuestro rendimiento al máximo, una forma de estrés positivo llamado “eustress”. Lo importante es no llegar a la angustia o el pánico, ya que inmovilizan a la gente y nos hacen incapaces de responder en situaciones críticas.

Imagen: Aeronautica Militare
La mejor manera de aprender a manejar el miedo es a través de la preparación, entrenamiento y estudio. Al fin y al cabo, es lo que no conocemos lo que nos asusta. En un vuelo orbital o suborbital la mejor manera de eliminar el miedo es conocer tu aeronave y sus procedimientos lo mejor que puedas. Adquirir experiencia es la forma indispensable e irremplazable para afrontar situaciones para las que no estamos entrenados. Es imposible, y no siempre útil, anticipar todos los escenarios posibles.

Un piloto militar o civil sabe que volar es arriesgado. La posibilidad de que pase algo serio es muy baja, pero las consecuencias pueden ser desastrosas. La labor de los pilotos y los equipos que trabajan detrás de ellos es minimizar ese riesgo. Lo mismo se puede decir de cualquier otro entorno laboral, incluido el aeroespacial. Si me pongo a pensar en algunos de los momentos más arriesgados de mi vida, me doy cuenta de que el miedo es una sensación que está silenciosamente sin molestarme: durante mi despegue, mi concentración estaba enfocada en los procedimientos y herramientas. Durante mis paseos espaciales, mi atención estaba absorta con la propia experiencia. En ambos casos, todo estaba realzado por la confianza que tengo en la ciencia y los ingenieros que construyeron las máquinas que utilizamos y los equipos de hombres y mujeres que, desde la distancia, nos apoyan para crear un formidable “equipo tetragonal”.

Otras preguntas que me suelen hacer y requieren respuestas complejas se refieren a mi familia. Antes que  astronauta y oficial de la fuerza aérea, soy hijo, marido y padre. En algún lugar en la Tierra circulando debajo de nosotros a 28.000 km/h, hay una madre cuyo corazón palpita con cada despegue y aterrizaje y un padre con una fuerza estoica cuya sonrisa oculta su preocupación. Mi mujer no eligió mi trabajo pero afronta los quehaceres diarios de la vida y siempre aparece con un rostro sereno con dos niñas que todavía no pueden entender porque su papá no viene a casa cada noche como los papás de sus amigos. Soy consciente de ello. Pensar en mis compañeros pilotos de la fuerza aérea, héroes cotidianos llevando a cabo misiones en todo el mundo, me pone en perspectiva y me doy cuenta de lo privilegiado que soy. Comparado con su sacrificio, mis esfuerzos son insignificantes, aunque necesarios. Es mi homenaje a esos pilotos, trabajando lejos de sus hogares y familias, cumpliendo con su deber, en países extranjeros bajo muchos horrores y otros demonios, sin pedir nada a cambio, ni siquiera gratitud de su país.